
No hay caso. Los mendocinos somos gente del desierto y no hay vuelta de hoja.
Ésta mañana amaneció frío y LLUVIOSO. Y nosotros, que odiamos el viento zonda, pero que a pesar de eso cuando corre ya nos conocemos todas las mañas que tiene, suspiramos mientras decimos que qué barbaridad, qué embole y que porqué no llueve así se aplaca la tierra y desaparecen los gérmenes y demás bicheríos del aire, viste?
Pero sucede que cuando vemos la lluvia parecemos una tribu tuareg que desconoce los paraguas y cómo se camina con ellos por la calle.
Generalmente los tenemos olvidados en el algún lugar y cuando los necesitamos no abren bien, están rotos o demás. Juro que hoy cuando salí la mayoría de los paraguas que ví estaban chanfleados, medios rotos o, como el mío, eran de colores horribles.
Personalmente, tengo uno color fucsia, (regalo de mi mamá quien adora ese color), que siempre quiero reemplazar por uno nuevo pero claro, olvido hacerlo porque lo archivo y a otra cosa, mariposa.
Lo más gracioso es vernos caminar por la calle con paraguas. Andamos esquivándonos y cuasi sacándonos los ojos como borrachitos armados en una pelea callejera.
Los más cancheros optan por no usarlos, hasta que alguno claudica y se compra uno de apuro y así se agranda la familia mendocina "tuareg".
Pero ahora que lo pienso mejor no voy a comprarme otro. Si sólo son dos días de lluvia y luego lo guardo. Seguiré con la gigante flor fucsia por la calle. Al final, ojo más, ojo menos, nadie anda mirándose la cara sino tratando de esquivarse que, de última, es lo que interesa.
He dicho.